16 de abril de 2016

Davina | Capítulo 12


 ¿Realmente había dicho eso? No era la respuesta que esperaba, pero igualmente me sorprendió.

—¿Qué has dicho?

—Lo que has oído. Que me importas mucho, quizá demasiado.

Ya no hablaba con esa tranquilidad del principio, sino que parecía poner pasión a sus palabras. Bajó el brazo derecho hasta mi cintura y posó su mano en la zona baja de mi espalda antes de atraerme hacia él y abrazarme. No había espacio para las palabras, ni siquiera para las posibles dudas que pudiera tener al respecto. Su lenguaje corporal también había hablado y la que aún no se había manifestado al respecto era yo. No obstante, él no me recriminó al respecto, ni me pidió explicaciones. Solo me abrazó, disfrutando lo máximo posible del momento. Ninguno de los dos sabíamos cuándo íbamos a poder estar así, solos y tan cercanos el uno al otro.

Nos separamos y nos miramos a los ojos de nuevo. La escasa distancia entre ambos me incitó a querer besarle, pero algo nos lo impidió. Otra vez. Era la voz de Nico.

—Tenemos que irnos. Ya resolveréis vuestras cosas en otro momento.

No entendí el motivo de las prisas hasta que vi por detrás de él el reflejo de una sombra oscura. Miré mi pulsera que brillaba tan roja como imaginaba que haría cuando estuviéramos en peligro, pero me decepcioné al ver que no se trataba del monstruo. De un momento a otro, me vi corriendo al lado de Bobb, que aún tenía su mano derecha sobre mi espalda. Al llegar a un lugar seguro desde el que observar, miramos el entorno.

—No nos ha visto, o eso creo, pero consideré oportuno que nos escondiéramos antes de que nos localizara. No sé si él sabe de nuestra existencia ni de tu papel en esta dimensión, pero si no lo sabe, será mejor que lo siga ignorando por el momento —murmuró Nico para que solo nosotros pudiéramos oírle.

Miré con atención a la bestia. Lo que antes me pareció una sombra, en ese momento me pareció un ser muy peludo con brazos y piernas parecidas a las que tendría el hombre de las nieves en la Tierra de existir realmente. Aunque su pelaje era negro azabache y provocaba repulsión el solo hecho de mirarlo. Su cabeza se giró hacia nuestra posición y la sangre se me heló por un instante. Sus ojos rojos parecían escrutarnos desde su posición, tras detenerse en su avance, y su rostro solo mostraba una cosa: el terror que yo misma estaba experimentando al verle. ¿Cómo podría enfrentarme a él? ¿Cómo haría para devolverle al Reino del Terror? Volvió a emprender el camino después de volver a mirar al frente.

El miedo aún seguía invadiendo mi cuerpo.

—♦♦♦♦—

El primer contacto con la bestia había sido una experiencia horrible que no quería repetir, pero tendría que hacerlo tarde o temprano. Y el Oráculo no me había dicho exactamente cómo proceder cuando lo tuviera delante ni qué hacer con el miedo que tendría de enfrentarlo cara a cara.

¿Por qué no se me ocurriría preguntar al Oráculo cómo derrotarlo?

Estábamos recorriendo tranquilamente el pueblo del Reino de los Piratas con los ojos bien puestos en lo que ocurría a nuestro alrededor. Teníamos claro que ese monstruo no era el mismo que vieron ellos en la taberna, pero sí compartía los mismos ojos rojos. ¿Sería algún espectro que estuviera a las órdenes de esa criatura? ¿O había visto demasiadas películas o leído demasiados libros de fantasía?

Sentí el apretón de Bobb en mi mano derecha y, por si fuera poco, no podía quitarme de la cabeza aquel abrazo y aquellas palabras que tanto me hicieron sentir. «No dudes del amor» me había dicho el Oráculo antes de irme. No dudaba del amor, ni siquiera de Bobb, pero si él sentía algo por mí aún no me lo podía creer por mucho que me lo hubiera demostrado. Y sabía que tampoco debía estar desconcentrada, que debía tener los cinco sentidos en la misión, pero no era capaz. La incertidumbre siempre estaba presente en mi cabeza y aquellas corrientes eléctricas nunca cesaban si estaba cerca de Bobb.

Aquella aventura estaba resultando ser una tortura.

Nuestros pasos se detuvieron ante la taberna. Tras haber visto a la bestia y habernos hecho un poco más con las calles de aquel pueblo, el cansancio se apoderó de mí. Supuse que a ellos les ocurría lo mismo.

Pero yo no quería separarme de Bobb.

Cuando estuvimos los tres ante nuestras puertas, Nico fue el primero en despedirse y en meterse en la habitación. Bobb y yo mantuvimos las miradas durante un buen rato, hasta que por fin habló.
—Será mejor que descansemos…

—No —interrumpí—. ¿Podrías acompañarme?

Sonó como una súplica, y en parte lo era. Desde que sospechaba del tabernero y sus conocidos, no me atrevía a dormir sola. Seguro que, de hacerlo, no podría descansar en toda la noche. Como respuesta, él solo asintió y se acercó a mí. Abrí la puerta y dejé que pasara primero, para seguirle yo poco después. Cerré tras de mí y, cuando lo volví a ver, estaba de pie frente a la cama con los brazos cruzados.

—¿Pasa algo? —Bajó los brazos.

—No, bueno… es que…

Empecé a arrepentirme de no haberle permitido ir a descansar, pero si no aprovechaba la situación, no sabía cuándo podría hacerlo. Necesitaba hablarle sobre mis sentimientos. Necesitaba aclarar muchas cosas. Necesitaba besarle.

Cuanto antes mejor.

Mis piernas se adelantaron a la orden de mi cerebro y, con firmeza disimulada, en poco tiempo me hallé más cerca de Bobb.

—Mis hormonas se revolucionan cuando estoy contigo —Empecé a decir, pero no continué.

Él alzó los ojos por la sorpresa.

—¿Por qué?

—¿De verdad lo preguntas? —Bobb asintió, cambiando su gesto de sorpresa por una sonrisa— ¿Cómo es posible que lleves el torso al desnudo y que te pasees como si nada por ahí?

Él suspiró, pero en sus ojos creí ver decepción.

—¡Ah! Bueno, es algo que acostumbramos a hacer los seres de la tierra. Salvo las mujeres, que llevan vestidos como el que llevas tú —Recordé entonces que aún conservaba aquel vestido que me había prestado su familia—. De todas formas, hasta ahora no parecía molestarte.

—Es que no me molesta, solo me incomoda un poco ahora… —Me sorprendí a mí misma diciendo esas palabras.

—¿Por qué ahora y no antes?

A pesar de la conversación, yo era la que aparentaba estar más nerviosa de los dos. Y su tono de voz tranquilo no ayudaba en absoluto a que me relajara. Respiré hondo antes de pensar en una buena respuesta.

Me arrepentí de nuevo. No debería estar pensando en confesarle aquello.

—Por favor, Nise, no me pongas entre la espada y la pared…

—Y ahora vuelves a llamarme Nise.

—¿Te molesta?

—No —Sonrió—, pero pensé que ya no volverías a llamarme así… Da igual.

—Lo siento, Bobb —me disculpé.

—Me encanta que me llames así, te lo había dicho ya ¿no? —comentó él con otra sonrisa.

Nuestros cuerpos se habían acercado más con cada una de nuestras intervenciones en la conversación. Necesitaba hacerlo ya, pero no me atrevía. Bobb, como si me hubiera leído la mente, me agarró con suavidad por la cintura y con un empujón suave pegó mi cuerpo al suyo.

Desprendía tanto calor que me sorprendió. No sabía a qué se debía.

—Llevo mucho tiempo deseando hacer algo que no puedo.

Su comentario me sorprendió aún más.

—¿Por qué no puedes? —pregunté, curiosa y a la vez temerosa de conocer la respuesta.

—Porque siempre encuentran la excusa perfecta para interrumpirnos.

Suspiré de alivio y él alzó una ceja.

—¿Y ese suspiro?

—Yo también llevo mucho tiempo deseando hacer algo —respondí—. Y quiero que ocurra ya.

—¿Estás segura? —Por esa pregunta intuí que sabía a qué me refería.

Porque ambos queríamos lo mismo y no teníamos por qué negarlo.

—Bésame —Fue toda mi respuesta.

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