Davina | Capítulo 9

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Capítulo 8


Gracias a Nico tuvimos los tres nuestras propias tiendas donde dormir. Parecía casi imposible que en el pequeño saco con el que cargaba pudieran entrar tres tiendas de campaña que no eran para nada estrechas ni incómodas. Debía reconocer que aún no me acostumbraba a toda aquella magia, por mucho que hubiera deseado en el pasado poder vivir ese tipo de aventuras.

Cada vez estaba más sorprendida por todo lo que descubría.

Esa noche no pude dormir y no supe si se debía a los constantes ruidos del exterior o a mi conciencia. Tal vez no estaba tranquila por seguir peleada por una tontería con el único que parecía entenderme más que yo misma. Pero si él no era capaz de dejar atrás su orgullo yo tampoco lo haría. No tenía sentido hacerlo si luego no obtenía lo mismo a cambio; no quería hacer el ridículo.

Me incorporé y asomé la cabeza por la entrada de la tienda. Una de ellas tenía luz y, a juzgar por la figura que dibujaban las sombras, se trataba de Nico. La otra permanecía completamente oscura, pero no podía asegurar si estaba dormido o no. ¿Y si, como yo, no podía? Debería dejar de preocuparme. «Seguro que él no lo hace... ¡Por qué seré tan tonta!»

Salí para tomar un poco el aire, incapaz de permanecer un segundo más allí dentro. Empecé a sentirme prisionera en un lugar que debía servirme como descanso y no como prisión. Tras salir, cerré la cremallera y decidí no alejarme demasiado de los alrededores si no quería perderme. No sabía los posibles peligros que podrían acecharme, pero tampoco iba a pensar mucho en ello.

Mis pasos me condujeron hasta un lugar dentro del claro desde el que se podían ver mejor las estrellas. Rodeé mi torso con los brazos, en un abrazo con el que quise envolver todo mi cuerpo, y observé el cielo con detenimiento. En ese instante no supe con exactitud el motivo por el que nos peleamos, pero lo que sí sabía era que no me gustaba verle así.

Un aroma familiar me envolvió, y después noté que unos brazos me tomaban las manos para soltar mi agarre y notar otro abrazo mucho más caluroso. Bajé los ojos hacia los brazos y supe rápidamente de quién se trataba.

—No soporto estar así contigo —susurró en mi oído.

—Pues deja de lado ese estúpido enfado que no te va a llevar a ninguna parte. Yo tampoco soporto no poder hablar con el único con el que me siento completamente a gusto.

Me giré para poder observarle, pero él me abrazó mucho más fuerte, escondiendo su rostro en mi cuello. Le rodeé con mis brazos para devolverle un abrazo igual de intenso.

—Lo siento, Davina. ¿Podrás perdonarme?

—No hay nada que perdonar, Bobb.

Se separó de mí con lentitud, manteniendo sus manos sobre mi cintura, y me miró a los ojos.

—¿Me llamaste Bobb? —preguntó sorprendido.

—Sí, creo que el diminutivo de tu nombre no es tan complicado —Sonreí.

—Me encanta ver cómo sonríes. Te lo había dicho ya ¿no?

—Creo que no —Deseé con todas mis fuerzas que el rubor no apareciera en mis mejillas, aunque en aquella oscuridad sería imposible poder verlas sonrojadas—, pero me alegra saberlo.

Él sonrió por primera vez desde que se enfadó y mi corazón se sobresaltó por un momento.

—Tu sonrisa tampoco está mal —comenté.

Volvió a sonreír, llevando una de sus manos hacia su nuca.

—Creo que deberíamos volver al campamento ¿no? —sugirió— Si Nico se asoma por nuestras tiendas o descubre que no estamos cerca podría preocuparse o enfadarse.

—Sí, deberíamos... El caso es que llegué a sentir un poco de claustrofobia dentro de mi tienda y, como no podía dormir, decidí salir a dar un paseo. Me alegro de haberlo hecho.

Me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla. Después, sin dejar que reaccionara, emprendí la marcha hacia donde estaban las tres tiendas.

—♦♦♦♦— 

Cuando desperté, la oscuridad aún reinaba. Ya no había luz en la tienda de Nico, pero tampoco saldría para comprobar cómo estaban los alrededores. Aquellos ruidos extraños que nos rodeaban no sonaban muy bien y, aunque no me atrevía siquiera a asomar la cabeza, intuía que fuera había algo que nos acechaba.

El temor creció en mi interior cuando la cremallera empezó a abrirse sola con lentitud, como si quien la estuviera abriendo no quisiera que yo me enterara. Pero lo estaba haciendo y no tenía nada a mano con lo que poder hacer daño si se trataba de un extraño. Me agazapé en una de las esquinas más alejadas de la tienda y esperé para ver qué sucedía.

De nuevo, me sorprendí al ver de quién se trataba.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado Nise, que se encontraba en su forma pequeña.

—S-sí. ¡Pensé que eras...! —exclamé, pero él se apresuró a callarme.

—Hay algo ahí fuera que podría estar esperando el mejor momento para atacar. Creo que no fue muy buena idea acampar aquí, podríamos habernos movido un poco más hacia el oeste... Allí por lo menos no aparecen de la nada animales salvajes en mitad de la noche dispuestos a atacar.

—Bueno, ya. Hicimos lo que pudimos ¿vale? No ha sido culpa de nadie.

Sabía que, de poder hacerlo, echaría la culpa a Nico. Pero yo no lo veía así, de no ser por este peligro no se habría atrevido a mirar cómo estaba...

—Davina, ¿ocurre algo?

Fijé mi mirada en la pequeña estatura de Nise. Me pareció que había menguado mucho más que de costumbre.

—No, tranquilo —respondí, aún con mi mente sumergida en otros asuntos—. Tenía un poco de miedo por lo que pudiera haber fuera, pero supongo que ahora me siento un poco más... protegida.

—Sabes que, ante todo, estoy aquí para protegerte. Nunca me perdonaría que no pudieras volver a tu mundo.

—Lo sé, lo sé —Relajé mis músculos y acerqué mi cuerpo un poco hacia el suyo—. ¿Puedo abrazarte?

Él me miró sorprendido.

—Esa pregunta sobra, Davina.

Y, de nuevo, ese aura que ya me había acostumbrado a ver le rodeó, haciendo que aumentara un poco más su tamaño. De rodillas, se acercó a mí y se sentó a mi lado. Pasó su brazo por mi hombro y me atrajo hacia su cuerpo. Podía sentir cómo mi corazón se desbocaba ante aquel contacto y que mis músculos se tensaban. Pero pronto me relajé y apoyé mi cabeza en su hombro, a pesar de que mi corazón seguía en sus treces de continuar a su propio ritmo. Estaba segura de que, si dejaba que la situación me dominara, terminaría descubriendo que algo extraño pasaba, si es que no lo pensaba ya.

—Gracias por estar aquí conmigo. ¿Crees que ya estaremos a salvo?

—No lo sé. Nicolás me dijo que pasaría a avisarnos cuando todo se calmara. Salió de su tienda para hacer una ronda y me avisó para que estuviera al pendiente de que no te pasara nada.

Levanté la cabeza para mirarle y aquel perfil, en la oscuridad de la tienda, me parecía mucho más atractivo que en la claridad del día. ¿O sería por la cercanía? ¿Por el peligro que, se suponía, había fuera de la tienda?

—Gracias por venir a tranquilizarme. A veces parezco un poco histérica en este tipo de situaciones...

—Es normal, sobre todo siendo la primera vez que estás aquí...

En ese instante me miró y todo pareció dar vueltas a nuestro alrededor.

—Quizá... —Carraspeé tras notar que empezaba a fallarme la voz— Quizá tengas razón.

Nos quedamos en silencio, mirándonos como nunca lo habíamos hecho. Pensé que de un momento a otro nos besaríamos, pero de ser así, el momento se aplazó demasiado.

—¿Interrumpo algo? —preguntó una voz bastante familiar en la entrada de la tienda.

Nise y yo nos separamos de manera brusca y miramos a Nico.

—No, no. Solo estaba ayudándome con mi miedo irracional... —respondí, esbozando una sonrisa nerviosa.

—El peligro ya pasó, solo venía a informar. En cuanto amanezca deberíamos ponernos en marcha de nuevo, aún nos queda un largo camino hasta el Reino Polar.

Se marchó, dejando la entrada al descubierto, y Nise y yo nos quedamos solos de nuevo. Nos miramos y él se despidió de mí con un beso en la mejilla.

—Espero que descanses, Davina.

—Buenas noches —respondí yo.

Por suerte, pude descansar el resto de la noche.

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