3 de abril de 2016

Juego de amantes | Capítulo 2



Al día siguiente, dos horas antes de la cena, algo inquietaba a Anna. Era innegable que había recitado correctamente el hechizo, pero nada le aseguraba que el destino torciera sus planes. Su abuela, mientras vivía, se había encargado de recordarle cada día que cuando el destino tenía planes, no había quien pudiera escapar de él.

Y a eso le temía Anna.

Mientras una de las criadas terminaba de ajustarle el corpiño, no podía dejar de pensar en el desastre que podría convertirse la noche si se presentaban demasiados pretendientes en la cena. Intentarían llamar su atención, pero ella no deseaba prestarles atención. Sin embargo, se sentía tan obligada a acudir a la cena para contentar a sus padres que no tenía nada que hacer ante eso. Solo era una mujer sin ningún tipo de libertad de decisión. Ni siquiera su madre lo tenía y, por eso, debía responder ante todas las decisiones que tomaran otros por ella.

Aunque su alma clamara por la libertad que tanto ansiaba.

Se sentó ante el tocador y esperó a que la muchacha que se encargaba de arreglarla le peinara el cabello. No solía confiar mucho en los criados, pero ella le transmitía cierta confianza y, por eso, a veces le dedicaba unas cuantas palabras amables. No solo las típicas órdenes de una señorita de su clase social.

Cuando ya estuvo lista, ordenó a la muchacha que se marchara y esperó sentada en su cama. No faltaría mucho para que su madre la mandara llamar con cualquiera de las mujeres que trabajaban para la familia. 

···

Detestaba estar sentada en aquella mesa rodeada de patanes y, por supuesto, sus padres. Anna se dedicó a observar su plato, con la cabeza agachada, prestando atención a todas las conversaciones que se iniciaban, pero sin participar activamente.

Estaba realmente aburrida.

—Anna, querida —Levantó la mirada al escuchar a su madre reclamar su atención—, no hagas un desaire al señor Hamilton.

Observó en su rostro una mueca de desaprobación. Por no querer ser la culpable del enojo de su madre, buscó con la mirada a aquel que había nombrado la señora Woodgate.

No tardó en encontrarle, pues era el que más sonreía. Se encontraba justo enfrente de ella. Estaba segura de que, si no actuaba rápido, su buena reputación se vería resentida.

—Discúlpeme, señor Hamilton, estaba concentrada en mis propios pensamientos —mintió.

—¿Le gustaría acompañarme a la sala de baile? Me encantaría comprobar si la señora Woodgate no mentía con su afirmación.

A Anna no le dio tiempo a responder, pues su madre interrumpió la conversación entre los dos jóvenes.

—Le aseguro que no he mentido en ningún momento, señor Hamilton. Nuestra hija toca el piano mejor que cualquiera de las otras muchachas de su misma clase. ¡Venga, Anna! Acompaña a nuestro invitado para que pueda comprobar la veracidad de nuestro testimonio.

Sin decir nada, Anna se levantó de su asiento y, con una reverencia, se despidió del resto de comensales. Avanzó sin prisa, pero sin pausa, a través del pasillo que conducía a una sala grande donde su familia organizaba los bailes. No estaba muy lejos del comedor donde había tenido que soportar, con fastidio, todas las conversaciones que se cruzaban entre sí.

Odiaba esas reuniones sociales, se sentía tan fuera de lugar.

Abrió la puerta de la sala y entró, dirigiéndose al piano con solemnidad fingida y sentándose en el pequeño taburete. Ni siquiera miró si su acompañante le seguía. Inspiró con intensidad antes de mover los dedos sobre el teclado del gran instrumento. Al señor Hamilton le dio tiempo a llegar hasta el piano y colocarse de forma que pudiera verla tocar. La melodía fluyó sola desde el comienzo, la ensayaba tanto que ya la tenía memorizada. No apartó la vista de las teclas, como si hacerlo le proporcionara la seguridad que le faltaba cada vez que tocaba ante algún desconocido. ¡Había vivido tantas veces esa experiencia! Pero le desagradaba tanto mostrar su lado más vulnerable que siempre tocaba sin mostrar el más mínimo ápice de vehemencia.

—En efecto, su madre no se equivocaba al afirmar que toca como los ángeles.

Evitó poner los ojos en blanco por respeto. Sus modales siempre estaban ante todo, incluso hasta por encima de su desgana ante la presión de tener que conocer pretendientes.

—¿Me permite contarle un secreto? —El señor Hamilton volvió a hablar, como si no se diera cuenta de que la joven Woodgate intentaba ignorarle de la mejor forma posible.

Pero en el fondo sabía que así era. Por eso trataba de llamar su atención.

—Es libre de hacerlo ¿no es cierto? No creo que mi familia nos esté espiando, por lo que puede hablar sin miedo. A no ser, claro, que no sea un buen secreto como para concederle tanta importancia a la presencia de terceras personas —respondió Anna sin quitar los ojos de sus manos.

El hombre reclinó su cuerpo sobre el piano y, cuando volvió a hablar, lo hizo de forma que solo ella pudiera escucharle. Toda precaución era poca.

—A mí también me incomodan estas reuniones sociales, me parecen una total pérdida de tiempo.

—Dígame entonces ¿por qué ha acudido? Seguramente tendría otras cosas mejores que hacer que verme tocar el piano.

—Se equivoca —respondió de inmediato el joven—, es lo mejor de la noche, sin duda. Empezaba a sentirme hastiado por tanta conversación insignificante durante la cena, por eso me tomé el atrevimiento de intentar llamar su atención. Por suerte, la señora Woodgate tuvo la magnífica idea de dejarnos solos aquí.

Se enderezó sin dejar de mirarla y, aunque Anne se mantenía en sus treces de intentar ignorarlo, falló algunas notas de la melodía cuando escuchó lo último. La sangre empezó a bullir en su interior de manera violenta y no supo si tenía ganas de abofetearle o era otra cosa que no sabría identificar.

—Le pediría, señor Hamilton, que dejara de decir esas cosas. Sobre todo si ninguno de los hombres de mi familia está presente. Si desea pretenderme, tendrá que hacerlo con su completo consentimiento, no solo el de mi madre. Desea fervientemente que me case cuando antes... —Lo último lo dijo en un susurro que apenas viajó más allá de sus labios.

—El señor Woodgate me ha concedido el permiso pertinente para poder pretenderla sin el constante escrutinio de cualquiera de sus familiares.

El señor Hamilton parecía muy seguro de sus palabras. Para Anne, era un hombre insoportable que parecía haberse propuesto hacerle la vida imposible, aunque él asegurara que solo quería pretenderla.

No quería un hombre así como el futuro padre de sus hijos. ¡Jamás lo aceptaría!

Aunque, en realidad, no tenía un motivo concreto para no ceder.

¡Espero que os guste! 
Próximamente, los dos capítulos que faltan.

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4 comentarios:

  1. Ay, ¿de qué será el hechizo? Confieso que pensé que la cena sería interrumpida por algún zombie o vampiro, jaja. Pobre Anne, lo hubiera preferido antes que ver a sus pretendientes. Igual, Hamilton no me cae mal, en absoluto. Muy interesante, a ver cómo sigue. Espero el próximo capítulo.
    ¡Saludos!

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    Respuestas
    1. Jajajaja eso se sabrá más adelante, por desgracia (y espero acordarme, que estos pequeños detalles se me suelen olvidar, ains). Yo creo que sí, hubiera quedado más satisfecha si en lugar de tener que aguantar a Hamilton y el resto de pretendientes, hubieran aparecido zombies y vampiros a la vez.

      Yo creo que Hamilton se está convirtiendo en mi nuevo galán favorito *-*

      ¡Gracias! Sigo diciendo que me encanta que te encante jeje.

      Saludos.

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    2. anita12.4.16

      Ya solo falta que lo haga pasar por 250.423 pruebas al pretendiente, si esta interesado que lo demuestre ¿no?.
      Al menos asi se reira mientras la pretende.
      No hay nada peor que te intenten imponer amor en formato catalogo, para que selecciones uno de un grupo.
      Afortunadamente ahora poseemos mas libertad.
      Felicidades tiene buena pinta

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    3. Jajajajaja pues sí, pero ella de momento solo juega con él, otra cosa es cómo le saldrá todo al final...

      Muchas gracias, espero que te siga gustando conforme leas ^^

      Saludos.

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