31 de octubre de 2015

La pitonisa de los malos augurios


¡Buenas noches! Como segunda parte de este especial de Halloween os presento el siguiente relato que publiqué en sttorybox el primer día que me registré. Para haber salido de una idea "extraña", terminé sintiendo cariño por mi creación. Por eso, hoy que volví a leer el comienzo, decidí compartirlo con todos vosotros. Quizá no lo parezca por el título, el comienzo y todo el conjunto, pero contiene parte de romance (o amor, como queráis llamarlo)... Ya podéis ver que por algo está en el blog ¿no? ¡Espero que os guste!



Se sentó en la silla del pequeño cuarto a la espera de que Lady Miranda apareciera. Había pagado cincuenta euros para poder verla y ya comenzaba a impacientarse. «¿Por qué siempre tiene que hacerse la misteriosa?» pensó mientras observaba los estantes llenos de cabezas de sapo y calaveras inquietantes. Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de David, que seguía esperando a que apareciera la pitonisa.

— ¿Otra vez por aquí, David? —preguntó una mujer pelirroja con un turbante en la cabeza, un vestido violeta que le llegaba hasta los tobillos y una gran cantidad de joyas, todas ellas baratijas adquiridas en algún mercadillo de la ciudad.

—Ya ves que sí —se limitó a decir David, un poco aburrido de que siempre fuera la misma historia.

Lady Miranda se acercó a la pequeña mesa redonda y se sentó con cuidado de no arrugar su preciado vestido. La imagen lo era todo para ella.

—Veamos, ¿cuál es tu consulta esta vez? —preguntó Lady Miranda mientras empezaba a barajar las cartas.

David miró durante un buen rato a Lady Miranda. Su rostro sombrío se acentuaba con la luz de las velas que los rodeaban, y su sonrisa, a ojos del hombre, parecía más maquiavélica que otras veces. Él tragó saliva antes de responder a su pregunta.

— ¿Cuándo moriré y cuál será la causa?

La sonrisa se acentuó hasta el punto de mostrar aún más aquellos dientes sorprendentemente blancos. ¿Desde cuándo las videntes conservaban tan bien su aspecto? Aunque debía reconocer que Lady Miranda no era la típica vidente, ni la típica pitonisa. Lo supo desde el primer día que la vio. Colocó dos montones de cartas sobre la mesa y le indicó con la mano derecha que escogiera uno al azar. No hacían falta palabras, pues David ya sabía cómo proceder. Tocó el montón derecho mientras ella hablaba.

—El futuro está en constante cambio. El destino maneja nuestras vidas a su antojo y, por eso, no hay esperes ver nada claro en las cartas —Las palabras de la mujer eran claras.

Con solemnidad, colocó la primera carta sobre la mesa. David desvió la mirada hacia la carta. El ahorcado, muy oportuno.

—Es increíble, en todas tus consultas aparece el ahorcado tarde o temprano.

— ¿Y qué significa en esta ocasión? —preguntó intrigado.

—Tus familiares siempre han influido sobre ti, pero esta vez parecen ser más fuertes… Más fuertes que tú…

No le extrañó lo más mínimo.

—Continúa, por favor.

Lady Miranda persistió con ese aura de misterio a su alrededor, con su rostro impasible, pero aterrador y sus manos sobre la baraja. Debía reconocer que era bastante profesional, muchísimo más que otras pitonisas a las que consultó antes de conocerla.

—En concreto —La siguiente carta, colocada en horizontal sobre el ahorcado, fue la torre—, alguien de tu entorno se encargará de confundirte más para que cometas un error. Solo uno, eso le basta.

David quedó sorprendido ante toda esa información. Realmente era buena. Tragó saliva a la espera de más, mientras la mirada de Lady Miranda se clavaba sobre su rostro. Una mirada que siempre le dejaba atontado.

— ¿Sabes cuándo moriré? —preguntó, intentando ocultar su nerviosismo. Estaba un poco más asustado que al llegar a aquel lúgubre lugar.

—Te veo muy impaciente, David. El futuro se hace presente a cada segundo que pasa, mientras que el presente se convierte en pasado a medida que pasa el tiempo. Deberías aprender a esperar, no es la primera vez que te lo digo.

A pesar de parecer regañarle, su tono de voz seguía siendo relajado con algunos toques místicos. Aquella mujer era realmente misteriosa, de eso no cabía duda. Siempre que iba a verla, David se marchaba del lugar con cierta tristeza. No era de extrañar que siempre volviera inventándose nuevas consultas que, increíblemente, se cumplían antes de que él regresara.

Estaba siendo mucho más atrevido que en otras visitas, pero debería serlo aun más si su muerte estaba por llegar.

Finalmente, otra de las cartas fue depositada sobre la torre.

El ermitaño invertido.

— ¡Oh! —exclamó Lady Miranda con cierta sorpresa— Me parece que estas no son buenas noticias, David —Su mano derecha, llena de anillos baratos que simulaban tener algún valor, se posó sobre su mentón—. La traición no es asidua en personas que no te conocen, esto refuerza el hecho de que será alguien de tu entorno quien te incitará al suicidio. Debes ser cauto si no quieres morir, o te verás empujado a un vórtice del que difícilmente podrás salir.

— ¿Y eso significa...? —preguntó David.

—Que morirás en menos de cuarenta y ocho horas —sentenció la pitonisa.

Ambos se miraron fijamente, como si entre ellos se estuviera librando una batalla en silencio. Tal vez él luchara por no llorar desconsoladamente, y ella, por no soltar una gran risotada que perturbara la tranquilidad de su cliente. La frente de David estaba goteando de sudor, pero no era debido al posible calor que pudiera hacer en la estancia, sino por el terror que sentía. Por mucho que esperara su muerte, no la tenía aún asimilada. Mucho menos si no tenía siquiera una semana para planificarla como era debido.

—Lo siento, David —Volvió a hablar ella para intentar tranquilizarlo, pero él no parecía reaccionar ante la noticia.

Se levantó de su asiento con rapidez y se acercó al hombre con cierto temor. Sin embargo, no era el temor de la muerte lo que la acechaba, sino el de cerciorarse de un asunto que llevaba más de una semana rondando por su cabeza.

— ¿David? —preguntó, bajando su rostro a la altura de la de él— ¿Estás bien? Ya deberías saber a qué te enfrentas cada vez que vienes aquí. No por nada cobro cincuenta euros a quienes me piden consultas...

Él giró la cara hacia ella y la observó durante largo rato. Solo una idea rondaba su mente en ese instante. Pero no hizo nada, porque nada tenía sentido ya para él. Ni su anterior escepticismo hacia ella, ni ese amor que había creído que sentía desde la primera vez que la vio. «Si voy a morir, ¿qué sentido tiene que lo intente?». Pero Lady Miranda pensaba diferente. Ella era una bruja excéntrica que parecía no tener una vida aparte de sus consultas espirituales.

Pero ella no siempre había sido Lady Miranda. Tampoco lo era siempre, pero prefería ocultarlo a sus clientes y a sus sirvientes. Su cabello pelirrojo no era más que una peluca que la ayudaba a convertirse en otra mujer, muy distinta de la tímida morena que se escondía tras ese disfraz. Lo extraño era que, desde el primer día, David no hubiera sido capaz de reconocerla. «No es posible que no me haya reconocido en todo este tiempo» pensó con cierto resquemor.

Al menos era buena en lo que hacía y, desde que lo descubrió, puso un precio tan alto a sus predicciones para alejar de ella a toda la clientela dispuesta a conocer su futuro. Después de conocer la naturaleza de sus predicciones, no quería que pobres ilusos se aventuraran al misticismo de Lady Miranda para cobrarlo después con su vida.

Por ello, se había resistido a no tomar los cincuenta euros que David dejaba todas las semanas en su local. Él no se merecía todo lo que estaba a punto de pasar y, por eso, inmovilizó el rostro del hombre que tenía frente a sí y juntó sus labios con los de él. Suavemente, sin permitir que aquel beso aumentara de intensidad.

— ¿Quién eres en realidad? —preguntó David, confuso.

—Si te lo dijera se perdería la magia.

«Tan misteriosa como siempre» pensó él, intentando simular una sonrisa en sus labios.

—Pero... —añadió ella— Si me juras por lo más sagrado que tengas que no le dirás a nadie quién soy, te rebelaré mi verdadera identidad.

Él abrió los ojos como platos ante las palabras de Lady Miranda. Tragó saliva.

—Lo juro por lo más sagrado en mi vida... —«que eres tú» hubiera querido añadir él.

Sin embargo, ella sabía que no conseguiría contarle nada a nadie sobre su verdadera identidad. David no tenía grandes amistades, y si las tenía, podían contarse con los dedos de una mano. Y su familia... De ellos mejor ni hablar. La traición a la sangre era algo que ella no perdonaba y, por ello, le gustaría ayudarle a no morir. Pero no podía, no debía inmiscuirse en un destino que no le pertenecía. Las consecuencias podían ser terribles si lo hiciera.

—Vas a morir, David, por eso creo que no te mereces hacerlo sin que sepas quién soy en realidad... —comenzó a decir ella, decidida a confesar su verdadera identidad— ¿Recuerdas a Fátima, la chica que iba al mismo instituto que tú? —David permaneció unos segundos pensativos, los suficientes como para caer en la cuenta de quién era la chica de la que hablaba. Y la recordaba perfectamente, había estado enamorado de ella durante gran parte de la secundaria, pero nunca se atrevió a decírselo. Era tan tímido que se había guardado los sentimientos para sí mismo—. Pues esa chica... —Se llevó las manos a su turbante para quitárselo y después hizo lo mismo con la peluca— soy yo.

El asombro de David fue más allá de cualquier frontera inimaginable para él.

—Nunca me lo hubiera imaginado... —dijo él, sin saber qué más añadir. En ningún momento se hubiera imaginado que se trataba de ella. ¡Había cambiado tanto desde que la conoció!

Ni siquiera recordaba su voz. Su dulce voz...

—Siempre mantuve en secreto mis habilidades. ¿Crees que me hubieran tomado en serio si les hubiera dicho quién se escondía tras la apariencia de Lady Miranda? No hubiera podido salir de aquí ni para hacer la compra. Y necesito vivir la vida de Fátima también...

—Lo entiendo —David carraspeó al descubrir que le fallaba la voz—. Lo entiendo perfectamente.

Se levantó de la silla, sus inquietudes ya se habían tranquilizado y era hora de marcharse y afrontar su destino. Morir.

— ¡Espera! —Lo detuvo ella.

Él se giró para observarla por última vez. Quería llevarse un buen recuerdo de ella, de la última vez que la vería como Fátima.

—No confíes en tu madre, ¿vale? —Le pareció oír un tono de súplica en su voz.

—Está bien, Fáti... Digo, Lady Miranda.

Y se marchó del lugar con cierta amargura. Descubrir, a esas alturas, que Fátima era quien se escondía tras la apariencia de Lady Miranda había sido un golpe devastador para él. «Ojalá esto hubiera pasado antes» se dijo.

Al llegar a su casa, su madre le esperaba sentada sobre su sillón preferido. Este era negro, de cuero y adecuado para su corta estatura. Ella, llamada Tatiana, vestía con un vestido negro ceñido y unos tacones del mismo color. Su cabello corto y rubio le conferían un aspecto juvenil que ya debería haber perdido. Sin embargo, sus arrugas demostraban que su edad pasaba de los cuarenta. Observó que había anochecido considerablemente cuando sus ojos se centraron en la ventana que había tras ella. ¿Por qué no se habría percatado cuando salió del Consultorio de Lady Miranda?

—Hola, mamá —dijo él, recordando en todo momento las últimas palabras de la pitonisa.

«No confíes en tu madre» recordó una y otra vez.

—Hola, hijo mío —Tatiana se movió en el sillón, produciendo así un sonido chirriante a oídos de David— ¿Qué tal el paseo?

—Bien, mamá, me encontré con una amiga de la infancia, Fátima, ¿te acuerdas de ella?
Su madre asintió con el rostro algo más sombrío de lo habitual. David se estaba poniendo bastante nervioso. ¿Sería su madre la causante de su futura muerte?

— ¿En qué piensas? —preguntó, levantándose del sillón con cierto aire misterioso— No tienes buena cara...

Intentó acercarse, pero él no se lo permitió. Estaba demasiado asustado como para pensar con claridad. Sin dejar de mirar a su madre se dirigió hacia la escalera y subió corriendo las escaleras. Tropezó varias veces debido a los nervios, pero consiguió llegar a su habitación sin ningún rasguño. Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. Poco a poco se fue deslizando por la puerta, sintiendo que algunas de las astillas de la madera se clavaban a través de su ropa.

Suspiró cuando se percató de que algo llamaba su atención sobre la mesa. Se levantó, se acercó y vio que había una pistola y dos folios: uno en blanco con su firma y otro, más pequeño, con una pequeña nota de puño y letra de su madre. Sin mirar apenas la nota, cogió la pistola con manos temblorosas y se lo acercó a la sien. 

A la mañana siguiente, la policía acudió a la residencia de los Sánchez. Se había encontrado un cadáver junto a una nota de suicidio. El inspector al que se le asignó el caso descartó esa opción: el ángulo de la trayectoria no era el correcto, además... ¿Quién en su sano juicio se dispara directamente a la frente?

—Pobre mujer, aún no le había llegado el momento —dijo el inspector, guardando el cuaderno de notas en el que había estado apuntando las irregularidades del caso—- ¿Tenía familia?

—Sí, pero según los vecinos, el único que estuvo en la casa anoche fue su hijo, David —respondió el joven policía que tenía a su cargo desde hacía un mes—. ¿Cree que pudo haber sido él el asesino? Si descartamos finalmente el suicidio...

—Tendremos que averiguarlo...

Y salieron de allí para dejar que el forense y su ayudante hicieran su trabajo.

***

En la habitación de David aún seguía la nota de su madre sobre la mesa. En ella rezaba: «Querido hijo, sabes que te quiero, pero debes morir antes de que amanezca. No quisiera ser yo la mano ejecutora, no quiero mancharme las manos de sangre contigo... Confío en que cuando me acerque por la mañana estarás muerto. Te quiere mucho. Mamá.» Y en el suelo yacía David con un cuchillo clavado en el pecho y una expresión de horror en el rostro.

Andrélie - Relato #1: Infección de amor


¡Hola a todos! Quería iniciar la aventura de este foro con un relato que tenía ganas de escribir. Creé un personaje llamado Amélie Dubois, francesa y prima de una de mis personajes favoritas: Verona Swarch. Seguramente no todos los que esteis leyendo sepáis de quién os hablo, porque apenas he escrito sobre ella, pero para mí es alguien muy importante. Y con la creación de Amélie me ha ocurrido exactamente lo mismo. ¿Queréis saber quién es y por qué la adoro tanto? Entonces no os podéis perder la colección de relatos que he decidido escribir sobre ella. ¡Y aquí tenemos el primero! Que como no podía ser menos, está relacionado con Halloween. Espero que os guste <3




Los personajes ajenos a Amélie y Verona no son de mi invención.




Habían ido antes de tiempo a Transilvania por organización del personal de Hogwarts. Querían celebrar la festividad de Halloween en aquel lugar en el que los vampiros, la sed de sangre y las criaturas extrañas eran el día a día de los lugareños. De hecho, el anfitrión era el vampiro mayor, el más cruel y sanguinario de las historias muggles que Amélie había leído en su infancia. En el encuentro global de bienvenida no vio a Andrei y por eso creyó que había decidido no participar en aquel viaje. Imaginaba sus razones y no podía evitar esbozar una sonrisa. No quería tener ningún tipo de trato con él y, sin embargo, creía conocerlo mejor que a ningún otro. Incluso mejor que a su mejor amigo, con quien llevaba relacionándose desde hacía mucho tiempo.

A pesar de las advertencias del anfitrión, Amélie decidió salir para visitar el pueblo de Bran. No sabía lo que podría encontrarse, pero esperaba que no fuera algo tan maligno como para no poder usar su varita del terror que pudiera sentir. La llevaba bien guardada en uno de los bolsillos internos de su chaqueta. Hacía mucho frío, pero sus pensamientos encaminados hacia ese chico en particular no permitían que pudiera sentirlo. «¿Será posible que no pueda dejar de pensar en el maldito marqués?» Rodeó su propio cuerpo con sus brazos y quedó mirando al horizonte con aire pensativo. En muy pocas semanas ese chico había conseguido desestabilizar el mundo de Amélie hasta el punto de desarmar su arrogancia. Que la chica creciera en un ambiente lleno de falsedad, interés, poder y arrogancia había provocado que su educación se encaminara por el mismo camino que el resto de su familia paterna. Los Dubois, eternos allegados a la nobleza que simpatizaban con la gran mayoría de los que vivían en Francia.

Siempre había sido una experta a la hora de establecer relaciones de conveniencia con los demás, pero con el marqués de Grosvenor no había tenido esa suerte. Su arrogancia sobrepasaba la de Amélie y, por eso, no podía evitar que la guerra comenzase cada vez que cruzaban sus miradas. ¿Tal vez era un acto reflejo por los sentimientos que tenía hacia él? Pero entonces tendría que admitir que le había llamado la atención desde el primer día que le vio en la sala común. Llevaban conviviendo desde que entraron en primero, pero su relación jamás había sido cordial. Amélie no podía soportar sus galanterías con ella después de oír lo caballeroso que era de boca de otras chicas. Y quizá, si hubiera empezado su relación con él de otra forma, en ese momento no se llevarían como perros y gatos. «Seguramente las cosas habrían continuado de otro modo aunque el compromiso con su prima se hubiera dado igual», pensó de nuevo dejando que una mueca apareciera en su rostro. Se había quedado quieta durante un buen rato en el mismo sitio y, por ello, no se dio cuenta de que alguien se había situado a su lado, mirando hacia el mismo lugar que ella.

―¡Maldita sea! ―exclamó perturbando el silencio del lugar.

El chico rubio que estaba a su lado la miró con una ceja alzada. Chasqueó la lengua y negó con la cabeza antes de que Amélie girara la suya y le descubriera a su lado. ¿Qué hacía él allí?

―No me digas que me echabas de menos y por eso has venido con intenciones de asustarme ―ironizó ella.

―Más quisieras, Dubois ―contraatacó Andrei.

Aquel acento francés que ella también traía de serie, sumado a cómo se dirigía hacia ella, provocaban que todo su interior se removiera. Poca gente la llamaba por el apellido y por eso se sentía un poco especial. Aunque él hiciera lo mismo con cualquier otra persona. Por mucho que el francés lo tuviera muy asimilado en los hombres (pues con su mellizo solía hablar en francés gran parte del tiempo), Andrei conseguía lo que Amélie jamás habría pensado. Tener sentimientos reales por alguien a quien creía conocer bastante bien.

Se fijó poco después en el periódico que sostenía con una de sus manos y, curiosa, intentó adivinar por qué lo traía consigo. Ese gesto no pasó desapercibido para el marqués, que con una sonrisa burlona volvió a dirigirse hacia ella.

―¿Te interesa el periódico? Toma ―Y se lo ofreció aparentando ser un buen samaritano.

Pero lo que no sabía Amélie era que todos los movimientos de Andrei, como en tantas otras ocasiones, estaban planeados de antemano. Con algo de recelo, tomó el periódico entre sus manos y encontró en la primera plana una imagen que en su vida hubiera esperado encontrar. El compromiso del marqués con su prima Anggéll ya lo tenía más que asumido, pero por más que fuera así no estaba preparada para ver ese beso. Un beso por el que habría dado cualquier cosa para ser ella la afortunada. Dobló el periódico todo lo que pudo y después lo arrugó hasta que no pudo más para tirárselo a la cara.

―No esperaba menos de ti ―comentó.

El chico creía conocer tan bien a la chica que podía adivinar todos sus movimientos. Por eso había llevado el periódico y se lo había dejado para que lo leyera. Sus intenciones habían sido claras desde el principio.

―No puedo odiarte más porque reventaría ―aseguró ella, aunque en el fondo de su corazón sabía que la realidad era muy distinta.

El rubio se colocó frente a ella mirándola desde su posición, como si se sintiera más superior a ella que antes. Había conseguido lo que quería y, por si fuera poco, le proporcionaba el entretenimiento que no conseguía al hablar con otras personas. Por eso, jugó un poco más con ella.

―Deseas que estos labios besen los tuyos ¿no es así? ―preguntó conforme su cuerpo iba avanzando peligrosamente hacia el de Amélie.

Los nervios de la chica no estaban para más torturas de ese estilo, pero ella misma se exponía cada vez sólo para saber cómo se las ingeniaba con ella. Deseaba que flaqueara y dejara que sus verdaderas intenciones con ella salieran a la luz, pero sabía que para eso aún quedaba mucho. Poco a poco empezó a sentir el aliento caliente de Andrei sobre sus labios y hasta ese momento no supo que se perdería. Que se perdería en esos ojos azules que tanto le gustaban y que le gustaría perderse en esos labios que, cada día que pasaba, más sensuales le parecían. Cerró los ojos y aspiró el aroma que desprendía el marqués, pero rápidamente los abrió de nuevo para no darle el gusto de sentirse superior. Él acortó aún más la distancia entre ellos, volviendo a rozar sus labios suavemente contra los de la morena. ¿Por qué había optado por torturarla de esa forma? ¿Por qué quería demostrarle, y demostrarse a sí mismo, lo que Amélie pudiera llegar a sentir por él? ¿Tan importante era? Separó los labios, volviendo a alejarse del cuerpo de la Hufflepuff.

―Eres tan predecible ―agregó, mostrando esa sonrisa de suficiencia que tanto la molestaba.

―¿Tan importante es para ti querer demostrarme lo que según tú siento por ti? Porque no haces más que contradecirte. No me soportas y sin embargo, aquí estás, haciendo lo posible por fastidiarme la vida. ¿Es que no tienes cosas mejores que hacer? ¿Cosas como invitar a cenar a Anggéll o decirle de vez en cuando te quiero? Seguro que ni como primo has sido capaz de hacerlo... ¡Qué digo! Tú jamás podrás querer a alguien de manera romántica, solo te mueves por tus intereses. No eres más que un idiota interesado. Un marquesito que solo quiere tener su vida mucho más resuelta con un matrimonio arreglado que ya ni se estila. No sabes la pena que me das.

Lo había conseguido. Había soltado todo lo que pensaba de un tirón y sin aplicar anestesia. Sin embargo, por muy a gusto que se sintiera, por muy satisfecha que creyera estar por el momento, sabía que él conseguiría rebatir todos sus argumentos.

Él era capaz de eso y mucho más.

Sin embargo, unos lamentos lejanos se fueron haciendo cada vez más sonoros y frecuentes. El silencio que predominó entre ambos fue sustituido por el ruido ensordecedor de golpes y gritos que procedían de su alrededor y, por instinto, Amélie abrazó a Andrei con el miedo en el cuerpo. Cerró los ojos con fuerza sin querer ver qué era lo que les acechaba. No le importó que el cuerpo del chico se tensara y que ni siquiera se dignara a tomarla de la cintura. ¿Por qué tendría que hacerlo si se odiaban a muerte? Aunque en el caso de Amélie, su odio se había transformado con el tiempo en algo mucho más profundo y peligroso para ella.

―Te tenía por una persona más valiente, Dubois ―comentó el chico, aprovechando la confusión para no tocar más el tema planteado por ella con anterioridad.

La chica se apartó de él con la furia reflejada en sus ojos, que había vuelto a abrir al percatarse de que lo que había hecho no era muy propio de ella. Pero hacía unas semanas que, al estar con él, no actuaba como debía, sino como su corazón le dictaba. Sus impulsos la ponían cada vez más en evidencia y no parecía querer hacer algo por evitarlo.

―Vete a la mierda, marquesito. Seguro que la disfrutas.

Y se marchó hacia el castillo lo más rápido que pudo. No quería que Andrei pudiera aprovechar para humillarla más, aunque quien más lo hacía era ella misma. En el ambiente se notaba que se odiaban y, como si eso no le importara a ella, seguía cediendo ante él. Porque aunque siguiera resistiéndose y no se dejara pisotear mucho por él, había algo que siempre la desconcertaba.


***


Esa misma noche se encontraba en la habitación que compartía con sus amigas. Recientemente les habían comunicado que habría un baile especial al que estaban invitadas a ir, siempre que lo hicieran disfrazadas. Todas se revolucionaron y rápidamente empezaron a buscar una buena pareja con la que ir acompañada. En el caso de Amélie, por el contrario, no fue tan importante la búsqueda, sino la elección de su atuendo. Antes de saber que irían a Transilvania se había comunicado con su madre para que le enviara todos los disfraces que ella misma había confeccionado para su uso personal durante el verano y, gracias a la velocidad de su lechuza Napoleón, llegó bastante rápido el paquete.

En ese momento estaba ante tres trajes igual de bonitos y creados especialmente para la ocasión. Se había quedado sola en la habitación y, animada, empezó a probarse uno a uno los trajes hasta que ante el espejo decidió cuál era el que le gustaba más para ese año. Eligió uno inspirado en el jefe de pista circense, pero enfocado de manera femenina. Veía en su reflejo a una chica tan elegante y sexy que la motivación y el ego aumentaron en ella. Cuando llegó el turno del maquillaje, eligió blanco para que su rostro pareciera de porcelana y el rojo pasión para darle un poco de color a sus labios. «Con el pelo rizado me gusta más el conjunto que si lo tuviera liso» pensó tras recordar que en verano se lo había probado con el pelo liso.

El ruido de la puerta al abrirse sacó de su ensimismamiento a Amélie. Giró su cuerpo ciento ochenta grados y observó ante ella a su prima Verona, que iba disfrazada de loca de manicomio.

―Vas a romper corazones esta noche, Amy.

La sonrisa de Amélie al ver a Verona se desvaneció al oír su comentario. Ella solo quería llamar la atención de una persona que, como mínimo, pasaría de ella durante el baile.

―Yo me conformo con cumplir con las expectativas. Con divertirme, me basta ―dijo la chica.

Verona entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se acercó a una de las camas y se sentó sobre ella invitando a su prima a que hiciera lo mismo.

―¿Hay algo que me quieras contar?

La actitud de Amélie preocupaba a su prima. Para ella era como una hermana, la hermana que nunca tuvo a su lado, y aunque se veían poco la estimaba muchísimo. Por eso no soportaba verla así.

―No lo sé, Vero. Tú sabes cómo soy ¿verdad? ―Su prima asintió― Yo nunca me he enamorado realmente y justo ahora tengo motivos para pensar que lo estoy de un completo idiota.

Los hombros de Amélie se vieron rodeados por el brazo de Verona.

―¿Y quién es ese idiota? ¿Lo conozco? ―preguntó su prima, presa de la curiosidad.

―No sé si decírtelo... ¿Me guardarás el secreto? ―Verona volvió a asentir y la tejona se acercó a la oreja de la profesora para susurrar el nombre del chico del que estaba enamorada― Es Andrei Grosvenor.

Ambas se separaron, Amélie mordiendo su labio inferior y su prima conteniendo una exclamación de asombro.

―Jamás lo hubiera imaginado. Nunca os he visto hablando... De hecho pensaba que acabarías con Hermann. ¿No saliste con él?

―Sí, pero lo que siento por Andrei es diferente a todo lo que he sentido hasta ahora. Y no debería...

―Amélie Dubois ―la interrumpió Verona―, el deber no tiene nada que hacer cuando hay amor. Pero entiendo cómo te sientes. Cuando yo era estudiante también tenía mis dudas, mis miedos y la inseguridad constantemente tras mis pies. Solo me enamoré realmente dos veces y solo una de ellas puedo decir que me llenó por completo durante el poco tiempo que duró.

Amélie sintió curiosidad por lo que su prima le contaba, pero al ver la expresión de nostalgia y tristeza en su rostro decidió dejarlo para otra ocasión. La conocía, pero no lo suficiente como para conocer todos los detalles de su vida pasada. Y ese no era el mejor momento para intentar averiguar más, pues ambas tenían prisa por llegar al salón.

―¿Me ayudas con el disfraz? ―preguntó Verona tras un silencio de varios minutos.


***


La fiesta de Halloween al comienzo parecía un muermo. Sus compañeros no dejaban de llegar y, al conocer a pocos de los presentes, tuvo que presentarse muchas más veces de las que quería. A algunos los reconocía al instante, como a sus amigos, pero a otros no por los disfraces tan bien logrados que llevaban. No habló con nadie por mucho que intentaran acercarse. En su mente estaba muy segura de que no se acercaría al marqués en caso de que acudiera a la fiesta. Pensaba no llamar su atención y, por supuesto, ignorarle cruelmente para conseguir algo de interés por su parte.

Por supuesto, a la hora de la verdad todo era muy relativo.

Se giró hacia la mesa que tenía a su espalda y observó todo lo que había en ella. Ninguno de los aperitivos llamaba su atención, así que optó por coger un vaso y servirse un poco de un líquido rojizo. El calor invadió todo su cuerpo cuando notó un cuerpo muy cercano al suyo. Demasiado. La respiración constante y calmada sobre el lado derecho de su cuello.

―¿De qué se supone que vas disfrazada, Dubois?

El cuerpo de Amélie se tensó mientras su corazón amenazaba con salir de su pecho. Tragó saliva antes de responder.

―Mírame y juzga tú mismo.

Giró su cuerpo a la vez que hablaba. No quiso mostrar nada con su lenguaje corporal, pero era inevitable. Le asombró descubrir a Andrei disfrazado del fantasma de la ópera. Iba tan elegante como siempre, aunque la mayoría del tiempo lo viera vestido de uniforme.

―El fantasma de la ópera, qué original ―añadió Amélie.

―Habló la que está disfrazada de... ¿de qué? Ni siquiera lo identifico ―La sonrisa de superioridad seguía impresa en su rostro.

―Que poca cultura tienes para ser un marqués. ¿Nunca has ido al circo?

―No tengo esa necesidad, a mí me entretienen sin necesidad de moverme del recinto familiar.

Amélie puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos adelantando un pie sobre el otro.

―¿Qué es lo que te ha motivado a acercarte?

―Solo quería darte la oportunidad de que fueras mi pareja esta noche, pero me lo he pensado mejor.

El corazón de Amélie se encogió durante un segundo, con tanta fuerza que creyó que le daría un ataque en ese mismo instante. Pero la amenaza quedó en nada, y lo único que ocurrió fue que comenzó a latir aún más deprisa. Sintió un nudo en la garganta incapaz de deshacer por mucho que tragara saliva. Andrei estaba siendo muy cruel con ella, demasiado.

―Aléjate de mí ―La frase salió en forma de orden aunque ella no lo quisiera así.

Se alejó de la mesa y, por tanto, de Andrei. Pero pronto volvió a sentir ese cosquilleo en la espalda típico de ese tipo de situaciones. El tirón que sufrió en su brazo derecho casi la dejó sin él, pero se recompuso y tiró para soltarse. Como no lo consiguió, tuvo que girarse para enfrentarle de nuevo.

―A mí nadie me da órdenes, y menos alguien como tú.

―¿Qué parte de “no quiero verte” no has entendido? ―Amélie hizo caso omiso de las palabras de Andrei.

―Suspiras por mí y al minuto siguiente no quieres ni verme la cara. No hay quien te entienda.

Las palabras del chico enfurecieron más a la morena. ¿Por qué le pasaba eso precisamente a ella?

―¿Cuántas veces tengo que decirte que...?

No pudo continuar, pues el idiota del marqués tiró del brazo que aún sostenía y la atrajo hacia él. En todo momento la miró a los ojos sujetando su cintura con tanto cuidado que ella pensó que lo hacía por no aguantar demasiado tiempo el contacto con ella. Acercó su rostro al de Amélie con las intenciones claras, pero en el último momento se arrepintió y apartó su cuerpo del de la chica. Ella, que había cerrado los ojos a la espera del beso, los abrió al sentir la abrupta separación.

―Eres un idiota ¿lo sabías?

Y con toda la tranquilidad de la que dispuso, Amélie se alejó de él.


***


Había conseguido que uno de sus amigos, y un ex también, bailara con ella. Observó desde su posición que el marqués había hecho lo mismo eligiendo a una chica que iba disfrazada de princesa victoriana. «Cómo no» pensó. La música que sonaba era una de sus favoritas, Love me like you do, e intentó disfrutar del baile todo lo posible. Por eso juntó su cuerpo más al de Derek para bailar pegada a él y observar mejor la situación sin que su acompañante notara que algo no iba bien en ella. Cerró los ojos imaginando que bailaba con otra persona, olvidando que estaba en una fiesta de disfraces en Transilvania. Cuando abrió de nuevo los ojos, encontró a Andrei y a la otra chica más cerca de ellos, pero en esa ocasión intentó hacer lo que en su mente tan bien había planeado: ignorarle. Enterró el rostro en el cuello de su amigo y aspiró su aroma tan característico. Por supuesto, no podía compararse al perfume que emanaba de Andrei... «Basta, Amélie» se reprendió a sí misma, volviendo a mirar hacia sus compañeros en busca de quien ocupaba sus pensamientos. La imagen que encontró no se la esperó. ¿Estaba intentando darle celos también acercándose de más a esa chica? Amélie miró a Derek con una expresión divertida, aunque supo que pronto la felicidad se vería empañada con el final de la canción.

―Discúlpame, tengo que ir al baño.

Y tras decir esas palabras, salió del gran salón a toda prisa. Intentó no correr, pero sus piernas no obedecían las órdenes de su cerebro. Por muy contenta que pudiera estar, sabía que solo había sido una ilusión creada por su cerebro. ¿Desde cuándo Andrei se iba a preocupar de darle celos? Desde nunca. Él sabía perfectamente lo que Amélie Dubois sentía por él y, por eso, era imposible que actuara así.

¿Estaría equivocándose ella al pensar que le conocía bastante bien?

El blog de los Románticos

¡Bienvenido a este blog, querida personita romántica! Me complace decirte que, si te gustan las historias románticas, has llegado al sitio adecuado. Si no es así, aún puedes tomar la decisión de irte por donde has venido... Ahora bien, si has decidido quedarte y seguir leyendo, tengo que contarte un secretillo. En Ficción Romántica encontrarás, como bien dice el título, historias increíbles de amor, vivencias de unos personajes en los que fácilmente podrás introducirte por el enorme parecido que tendrán contigo y suspirar. ¿Quieres sentir todo lo que pueda llegar a transmitirte? Sé bienvenida, entonces.


¿Qué encontrarás en FR?

  • Historias románticas.
  • Reseñas (solo narrativa romántica).
  • Iniciativas molonas de escritura.
  • Noticias importantes.
  • Y más cosas que podrás descubrir próximamente.

¡Y eso es todo! En el futuro habrán novedades en el blog, pero por el momento tenéis a la vista lo que contendrán las futuras entradas. Eso sí, desde ya aviso que lo que va a predominar van a ser las historias. ¿Estáis deseando leer?