Andrélie - Relato #1: Infección de amor


¡Hola a todos! Quería iniciar la aventura de este foro con un relato que tenía ganas de escribir. Creé un personaje llamado Amélie Dubois, francesa y prima de una de mis personajes favoritas: Verona Swarch. Seguramente no todos los que esteis leyendo sepáis de quién os hablo, porque apenas he escrito sobre ella, pero para mí es alguien muy importante. Y con la creación de Amélie me ha ocurrido exactamente lo mismo. ¿Queréis saber quién es y por qué la adoro tanto? Entonces no os podéis perder la colección de relatos que he decidido escribir sobre ella. ¡Y aquí tenemos el primero! Que como no podía ser menos, está relacionado con Halloween. Espero que os guste <3




Los personajes ajenos a Amélie y Verona no son de mi invención.




Habían ido antes de tiempo a Transilvania por organización del personal de Hogwarts. Querían celebrar la festividad de Halloween en aquel lugar en el que los vampiros, la sed de sangre y las criaturas extrañas eran el día a día de los lugareños. De hecho, el anfitrión era el vampiro mayor, el más cruel y sanguinario de las historias muggles que Amélie había leído en su infancia. En el encuentro global de bienvenida no vio a Andrei y por eso creyó que había decidido no participar en aquel viaje. Imaginaba sus razones y no podía evitar esbozar una sonrisa. No quería tener ningún tipo de trato con él y, sin embargo, creía conocerlo mejor que a ningún otro. Incluso mejor que a su mejor amigo, con quien llevaba relacionándose desde hacía mucho tiempo.

A pesar de las advertencias del anfitrión, Amélie decidió salir para visitar el pueblo de Bran. No sabía lo que podría encontrarse, pero esperaba que no fuera algo tan maligno como para no poder usar su varita del terror que pudiera sentir. La llevaba bien guardada en uno de los bolsillos internos de su chaqueta. Hacía mucho frío, pero sus pensamientos encaminados hacia ese chico en particular no permitían que pudiera sentirlo. «¿Será posible que no pueda dejar de pensar en el maldito marqués?» Rodeó su propio cuerpo con sus brazos y quedó mirando al horizonte con aire pensativo. En muy pocas semanas ese chico había conseguido desestabilizar el mundo de Amélie hasta el punto de desarmar su arrogancia. Que la chica creciera en un ambiente lleno de falsedad, interés, poder y arrogancia había provocado que su educación se encaminara por el mismo camino que el resto de su familia paterna. Los Dubois, eternos allegados a la nobleza que simpatizaban con la gran mayoría de los que vivían en Francia.

Siempre había sido una experta a la hora de establecer relaciones de conveniencia con los demás, pero con el marqués de Grosvenor no había tenido esa suerte. Su arrogancia sobrepasaba la de Amélie y, por eso, no podía evitar que la guerra comenzase cada vez que cruzaban sus miradas. ¿Tal vez era un acto reflejo por los sentimientos que tenía hacia él? Pero entonces tendría que admitir que le había llamado la atención desde el primer día que le vio en la sala común. Llevaban conviviendo desde que entraron en primero, pero su relación jamás había sido cordial. Amélie no podía soportar sus galanterías con ella después de oír lo caballeroso que era de boca de otras chicas. Y quizá, si hubiera empezado su relación con él de otra forma, en ese momento no se llevarían como perros y gatos. «Seguramente las cosas habrían continuado de otro modo aunque el compromiso con su prima se hubiera dado igual», pensó de nuevo dejando que una mueca apareciera en su rostro. Se había quedado quieta durante un buen rato en el mismo sitio y, por ello, no se dio cuenta de que alguien se había situado a su lado, mirando hacia el mismo lugar que ella.

―¡Maldita sea! ―exclamó perturbando el silencio del lugar.

El chico rubio que estaba a su lado la miró con una ceja alzada. Chasqueó la lengua y negó con la cabeza antes de que Amélie girara la suya y le descubriera a su lado. ¿Qué hacía él allí?

―No me digas que me echabas de menos y por eso has venido con intenciones de asustarme ―ironizó ella.

―Más quisieras, Dubois ―contraatacó Andrei.

Aquel acento francés que ella también traía de serie, sumado a cómo se dirigía hacia ella, provocaban que todo su interior se removiera. Poca gente la llamaba por el apellido y por eso se sentía un poco especial. Aunque él hiciera lo mismo con cualquier otra persona. Por mucho que el francés lo tuviera muy asimilado en los hombres (pues con su mellizo solía hablar en francés gran parte del tiempo), Andrei conseguía lo que Amélie jamás habría pensado. Tener sentimientos reales por alguien a quien creía conocer bastante bien.

Se fijó poco después en el periódico que sostenía con una de sus manos y, curiosa, intentó adivinar por qué lo traía consigo. Ese gesto no pasó desapercibido para el marqués, que con una sonrisa burlona volvió a dirigirse hacia ella.

―¿Te interesa el periódico? Toma ―Y se lo ofreció aparentando ser un buen samaritano.

Pero lo que no sabía Amélie era que todos los movimientos de Andrei, como en tantas otras ocasiones, estaban planeados de antemano. Con algo de recelo, tomó el periódico entre sus manos y encontró en la primera plana una imagen que en su vida hubiera esperado encontrar. El compromiso del marqués con su prima Anggéll ya lo tenía más que asumido, pero por más que fuera así no estaba preparada para ver ese beso. Un beso por el que habría dado cualquier cosa para ser ella la afortunada. Dobló el periódico todo lo que pudo y después lo arrugó hasta que no pudo más para tirárselo a la cara.

―No esperaba menos de ti ―comentó.

El chico creía conocer tan bien a la chica que podía adivinar todos sus movimientos. Por eso había llevado el periódico y se lo había dejado para que lo leyera. Sus intenciones habían sido claras desde el principio.

―No puedo odiarte más porque reventaría ―aseguró ella, aunque en el fondo de su corazón sabía que la realidad era muy distinta.

El rubio se colocó frente a ella mirándola desde su posición, como si se sintiera más superior a ella que antes. Había conseguido lo que quería y, por si fuera poco, le proporcionaba el entretenimiento que no conseguía al hablar con otras personas. Por eso, jugó un poco más con ella.

―Deseas que estos labios besen los tuyos ¿no es así? ―preguntó conforme su cuerpo iba avanzando peligrosamente hacia el de Amélie.

Los nervios de la chica no estaban para más torturas de ese estilo, pero ella misma se exponía cada vez sólo para saber cómo se las ingeniaba con ella. Deseaba que flaqueara y dejara que sus verdaderas intenciones con ella salieran a la luz, pero sabía que para eso aún quedaba mucho. Poco a poco empezó a sentir el aliento caliente de Andrei sobre sus labios y hasta ese momento no supo que se perdería. Que se perdería en esos ojos azules que tanto le gustaban y que le gustaría perderse en esos labios que, cada día que pasaba, más sensuales le parecían. Cerró los ojos y aspiró el aroma que desprendía el marqués, pero rápidamente los abrió de nuevo para no darle el gusto de sentirse superior. Él acortó aún más la distancia entre ellos, volviendo a rozar sus labios suavemente contra los de la morena. ¿Por qué había optado por torturarla de esa forma? ¿Por qué quería demostrarle, y demostrarse a sí mismo, lo que Amélie pudiera llegar a sentir por él? ¿Tan importante era? Separó los labios, volviendo a alejarse del cuerpo de la Hufflepuff.

―Eres tan predecible ―agregó, mostrando esa sonrisa de suficiencia que tanto la molestaba.

―¿Tan importante es para ti querer demostrarme lo que según tú siento por ti? Porque no haces más que contradecirte. No me soportas y sin embargo, aquí estás, haciendo lo posible por fastidiarme la vida. ¿Es que no tienes cosas mejores que hacer? ¿Cosas como invitar a cenar a Anggéll o decirle de vez en cuando te quiero? Seguro que ni como primo has sido capaz de hacerlo... ¡Qué digo! Tú jamás podrás querer a alguien de manera romántica, solo te mueves por tus intereses. No eres más que un idiota interesado. Un marquesito que solo quiere tener su vida mucho más resuelta con un matrimonio arreglado que ya ni se estila. No sabes la pena que me das.

Lo había conseguido. Había soltado todo lo que pensaba de un tirón y sin aplicar anestesia. Sin embargo, por muy a gusto que se sintiera, por muy satisfecha que creyera estar por el momento, sabía que él conseguiría rebatir todos sus argumentos.

Él era capaz de eso y mucho más.

Sin embargo, unos lamentos lejanos se fueron haciendo cada vez más sonoros y frecuentes. El silencio que predominó entre ambos fue sustituido por el ruido ensordecedor de golpes y gritos que procedían de su alrededor y, por instinto, Amélie abrazó a Andrei con el miedo en el cuerpo. Cerró los ojos con fuerza sin querer ver qué era lo que les acechaba. No le importó que el cuerpo del chico se tensara y que ni siquiera se dignara a tomarla de la cintura. ¿Por qué tendría que hacerlo si se odiaban a muerte? Aunque en el caso de Amélie, su odio se había transformado con el tiempo en algo mucho más profundo y peligroso para ella.

―Te tenía por una persona más valiente, Dubois ―comentó el chico, aprovechando la confusión para no tocar más el tema planteado por ella con anterioridad.

La chica se apartó de él con la furia reflejada en sus ojos, que había vuelto a abrir al percatarse de que lo que había hecho no era muy propio de ella. Pero hacía unas semanas que, al estar con él, no actuaba como debía, sino como su corazón le dictaba. Sus impulsos la ponían cada vez más en evidencia y no parecía querer hacer algo por evitarlo.

―Vete a la mierda, marquesito. Seguro que la disfrutas.

Y se marchó hacia el castillo lo más rápido que pudo. No quería que Andrei pudiera aprovechar para humillarla más, aunque quien más lo hacía era ella misma. En el ambiente se notaba que se odiaban y, como si eso no le importara a ella, seguía cediendo ante él. Porque aunque siguiera resistiéndose y no se dejara pisotear mucho por él, había algo que siempre la desconcertaba.


***


Esa misma noche se encontraba en la habitación que compartía con sus amigas. Recientemente les habían comunicado que habría un baile especial al que estaban invitadas a ir, siempre que lo hicieran disfrazadas. Todas se revolucionaron y rápidamente empezaron a buscar una buena pareja con la que ir acompañada. En el caso de Amélie, por el contrario, no fue tan importante la búsqueda, sino la elección de su atuendo. Antes de saber que irían a Transilvania se había comunicado con su madre para que le enviara todos los disfraces que ella misma había confeccionado para su uso personal durante el verano y, gracias a la velocidad de su lechuza Napoleón, llegó bastante rápido el paquete.

En ese momento estaba ante tres trajes igual de bonitos y creados especialmente para la ocasión. Se había quedado sola en la habitación y, animada, empezó a probarse uno a uno los trajes hasta que ante el espejo decidió cuál era el que le gustaba más para ese año. Eligió uno inspirado en el jefe de pista circense, pero enfocado de manera femenina. Veía en su reflejo a una chica tan elegante y sexy que la motivación y el ego aumentaron en ella. Cuando llegó el turno del maquillaje, eligió blanco para que su rostro pareciera de porcelana y el rojo pasión para darle un poco de color a sus labios. «Con el pelo rizado me gusta más el conjunto que si lo tuviera liso» pensó tras recordar que en verano se lo había probado con el pelo liso.

El ruido de la puerta al abrirse sacó de su ensimismamiento a Amélie. Giró su cuerpo ciento ochenta grados y observó ante ella a su prima Verona, que iba disfrazada de loca de manicomio.

―Vas a romper corazones esta noche, Amy.

La sonrisa de Amélie al ver a Verona se desvaneció al oír su comentario. Ella solo quería llamar la atención de una persona que, como mínimo, pasaría de ella durante el baile.

―Yo me conformo con cumplir con las expectativas. Con divertirme, me basta ―dijo la chica.

Verona entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se acercó a una de las camas y se sentó sobre ella invitando a su prima a que hiciera lo mismo.

―¿Hay algo que me quieras contar?

La actitud de Amélie preocupaba a su prima. Para ella era como una hermana, la hermana que nunca tuvo a su lado, y aunque se veían poco la estimaba muchísimo. Por eso no soportaba verla así.

―No lo sé, Vero. Tú sabes cómo soy ¿verdad? ―Su prima asintió― Yo nunca me he enamorado realmente y justo ahora tengo motivos para pensar que lo estoy de un completo idiota.

Los hombros de Amélie se vieron rodeados por el brazo de Verona.

―¿Y quién es ese idiota? ¿Lo conozco? ―preguntó su prima, presa de la curiosidad.

―No sé si decírtelo... ¿Me guardarás el secreto? ―Verona volvió a asentir y la tejona se acercó a la oreja de la profesora para susurrar el nombre del chico del que estaba enamorada― Es Andrei Grosvenor.

Ambas se separaron, Amélie mordiendo su labio inferior y su prima conteniendo una exclamación de asombro.

―Jamás lo hubiera imaginado. Nunca os he visto hablando... De hecho pensaba que acabarías con Hermann. ¿No saliste con él?

―Sí, pero lo que siento por Andrei es diferente a todo lo que he sentido hasta ahora. Y no debería...

―Amélie Dubois ―la interrumpió Verona―, el deber no tiene nada que hacer cuando hay amor. Pero entiendo cómo te sientes. Cuando yo era estudiante también tenía mis dudas, mis miedos y la inseguridad constantemente tras mis pies. Solo me enamoré realmente dos veces y solo una de ellas puedo decir que me llenó por completo durante el poco tiempo que duró.

Amélie sintió curiosidad por lo que su prima le contaba, pero al ver la expresión de nostalgia y tristeza en su rostro decidió dejarlo para otra ocasión. La conocía, pero no lo suficiente como para conocer todos los detalles de su vida pasada. Y ese no era el mejor momento para intentar averiguar más, pues ambas tenían prisa por llegar al salón.

―¿Me ayudas con el disfraz? ―preguntó Verona tras un silencio de varios minutos.


***


La fiesta de Halloween al comienzo parecía un muermo. Sus compañeros no dejaban de llegar y, al conocer a pocos de los presentes, tuvo que presentarse muchas más veces de las que quería. A algunos los reconocía al instante, como a sus amigos, pero a otros no por los disfraces tan bien logrados que llevaban. No habló con nadie por mucho que intentaran acercarse. En su mente estaba muy segura de que no se acercaría al marqués en caso de que acudiera a la fiesta. Pensaba no llamar su atención y, por supuesto, ignorarle cruelmente para conseguir algo de interés por su parte.

Por supuesto, a la hora de la verdad todo era muy relativo.

Se giró hacia la mesa que tenía a su espalda y observó todo lo que había en ella. Ninguno de los aperitivos llamaba su atención, así que optó por coger un vaso y servirse un poco de un líquido rojizo. El calor invadió todo su cuerpo cuando notó un cuerpo muy cercano al suyo. Demasiado. La respiración constante y calmada sobre el lado derecho de su cuello.

―¿De qué se supone que vas disfrazada, Dubois?

El cuerpo de Amélie se tensó mientras su corazón amenazaba con salir de su pecho. Tragó saliva antes de responder.

―Mírame y juzga tú mismo.

Giró su cuerpo a la vez que hablaba. No quiso mostrar nada con su lenguaje corporal, pero era inevitable. Le asombró descubrir a Andrei disfrazado del fantasma de la ópera. Iba tan elegante como siempre, aunque la mayoría del tiempo lo viera vestido de uniforme.

―El fantasma de la ópera, qué original ―añadió Amélie.

―Habló la que está disfrazada de... ¿de qué? Ni siquiera lo identifico ―La sonrisa de superioridad seguía impresa en su rostro.

―Que poca cultura tienes para ser un marqués. ¿Nunca has ido al circo?

―No tengo esa necesidad, a mí me entretienen sin necesidad de moverme del recinto familiar.

Amélie puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos adelantando un pie sobre el otro.

―¿Qué es lo que te ha motivado a acercarte?

―Solo quería darte la oportunidad de que fueras mi pareja esta noche, pero me lo he pensado mejor.

El corazón de Amélie se encogió durante un segundo, con tanta fuerza que creyó que le daría un ataque en ese mismo instante. Pero la amenaza quedó en nada, y lo único que ocurrió fue que comenzó a latir aún más deprisa. Sintió un nudo en la garganta incapaz de deshacer por mucho que tragara saliva. Andrei estaba siendo muy cruel con ella, demasiado.

―Aléjate de mí ―La frase salió en forma de orden aunque ella no lo quisiera así.

Se alejó de la mesa y, por tanto, de Andrei. Pero pronto volvió a sentir ese cosquilleo en la espalda típico de ese tipo de situaciones. El tirón que sufrió en su brazo derecho casi la dejó sin él, pero se recompuso y tiró para soltarse. Como no lo consiguió, tuvo que girarse para enfrentarle de nuevo.

―A mí nadie me da órdenes, y menos alguien como tú.

―¿Qué parte de “no quiero verte” no has entendido? ―Amélie hizo caso omiso de las palabras de Andrei.

―Suspiras por mí y al minuto siguiente no quieres ni verme la cara. No hay quien te entienda.

Las palabras del chico enfurecieron más a la morena. ¿Por qué le pasaba eso precisamente a ella?

―¿Cuántas veces tengo que decirte que...?

No pudo continuar, pues el idiota del marqués tiró del brazo que aún sostenía y la atrajo hacia él. En todo momento la miró a los ojos sujetando su cintura con tanto cuidado que ella pensó que lo hacía por no aguantar demasiado tiempo el contacto con ella. Acercó su rostro al de Amélie con las intenciones claras, pero en el último momento se arrepintió y apartó su cuerpo del de la chica. Ella, que había cerrado los ojos a la espera del beso, los abrió al sentir la abrupta separación.

―Eres un idiota ¿lo sabías?

Y con toda la tranquilidad de la que dispuso, Amélie se alejó de él.


***


Había conseguido que uno de sus amigos, y un ex también, bailara con ella. Observó desde su posición que el marqués había hecho lo mismo eligiendo a una chica que iba disfrazada de princesa victoriana. «Cómo no» pensó. La música que sonaba era una de sus favoritas, Love me like you do, e intentó disfrutar del baile todo lo posible. Por eso juntó su cuerpo más al de Derek para bailar pegada a él y observar mejor la situación sin que su acompañante notara que algo no iba bien en ella. Cerró los ojos imaginando que bailaba con otra persona, olvidando que estaba en una fiesta de disfraces en Transilvania. Cuando abrió de nuevo los ojos, encontró a Andrei y a la otra chica más cerca de ellos, pero en esa ocasión intentó hacer lo que en su mente tan bien había planeado: ignorarle. Enterró el rostro en el cuello de su amigo y aspiró su aroma tan característico. Por supuesto, no podía compararse al perfume que emanaba de Andrei... «Basta, Amélie» se reprendió a sí misma, volviendo a mirar hacia sus compañeros en busca de quien ocupaba sus pensamientos. La imagen que encontró no se la esperó. ¿Estaba intentando darle celos también acercándose de más a esa chica? Amélie miró a Derek con una expresión divertida, aunque supo que pronto la felicidad se vería empañada con el final de la canción.

―Discúlpame, tengo que ir al baño.

Y tras decir esas palabras, salió del gran salón a toda prisa. Intentó no correr, pero sus piernas no obedecían las órdenes de su cerebro. Por muy contenta que pudiera estar, sabía que solo había sido una ilusión creada por su cerebro. ¿Desde cuándo Andrei se iba a preocupar de darle celos? Desde nunca. Él sabía perfectamente lo que Amélie Dubois sentía por él y, por eso, era imposible que actuara así.

¿Estaría equivocándose ella al pensar que le conocía bastante bien?

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