Adiós a mi antiguo yo | Capítulo 2



Imagen sacada de Google y usada sin fines de lucro.

Decir adiós no es fácil.


Valerio se queda en el restaurante sorprendido por la reacción de su compañera de trabajo. El salmón apenas lo había tocado ella, y el solomillo iba por el mismo camino. Sabe que se va a ir sin cenar, su apetito se ha esfumado. Lo que no se ha desvanecido es su amor por ella, que parece haber aumentado en intensidad.

Ojalá todo hubiera ido bien para poder besarla al final de la noche.

Llama al camarero y pide que le traiga la cuenta. Cuando la paga, se marcha del restaurante con la fiel convicción de no volver a hablar del tema con ella. Lo último que quiere es parecer pesado y perder su amistad.

Cuando llega a su casa, se quita la corbata y la chaqueta, e inmediatamente después se tira en el sofá. Apoya la cabeza en el respaldo y cierra los ojos. Lanza un suspiro al aire y coloca sus manos sobre sus piernas abiertas. Recuerda el momento en el que Delia entró por la puerta del restaurante y su corazón vuelve a latir de esa forma que solo consigue ella. Esa noche la vio mucho más hermosa que de costumbre.

―Debo dejar de pensar en ella.


···


Al día siguiente, al mediodía, Delia queda con Tamara para almorzar. No ha podido dormir en toda la noche y necesita contarle urgentemente lo sucedido con Valerio. Han pasado ya varias horas, pero su euforia no ha desaparecido.

No puede creer que alguien más pueda fijarse en ella, mucho menos después de lo sucedido con Pablo. Incluso no pensó que llegaría a sentirse tan bien con Valerio.

―¿De verdad te fuiste sin darle una respuesta? ¡Pobre Valerio! ―Tamara estalla en una carcajada que llama la atención de todos los que las rodean.

―¡Calla! ―exclama Delia antes de empezar a hablar― Verás, yo no sabía cómo reaccionar ante semejante declaración. ¡No me lo esperaba! ¿Cómo querías que reaccionara? ¿Qué me lanzara sobre él y le besara? ¿Qué le dejara conocerme para que luego se diera cuenta de que no soy mujer para él? No, Tamara. No puedo estar con él.

―No me digas que es por lo de Pablo… ―comenta Tamara frunciendo el ceño.

―¡Es porque no me siento preparada! ―Baja la voz cuando se percata de que la ha alzado demasiado― Antes de eso necesito una pequeña transformación. Dejar de ser así como soy… Siempre temo que en el trabajo me dé una de mis típicas rabietas y se den cuenta de cómo soy en realidad. Temo que Valerio se desencante de mí al conocerme mejor…

―Pero, chiqui, tú no necesitas cambiar, ya eres increíble de por sí. Sea como sea tu forma de ser o de hacer las cosas ―Hace una pausa y luego, tras pensarlo durante un rato, agrega―. ¿No has pensado que ya iniciaste tu cambio cuando empezaste a trabajar de relaciones públicas? Me atrevería a decir que desde antes…

―Puede ser, no lo niego ―responde Delia pensativa―, pero aún me sigo sintiendo como una niña en el cuerpo de una mujer exitosa.

Delia apoya su barbilla sobre la mano derecha y deja los labios entreabiertos.

―¿Me ayudarás? ―pregunta un minuto después de haber estado observando a Tamara en silencio.

Ninguna de las dos ha probado bocado aún, están demasiado concentradas en la conversación que mantienen.

―¡Pues claro que sí! Contigo siempre, Delia.

Chocan las manos en señal de acuerdo y, después, comienzan a probar bocado de sus platos. En pocos minutos tiene que volver a su trabajo de organizar la fiesta que su jefe le ha pedido que organice. No lo considera una orden superior porque a ella le encanta hablar con quien sea necesario para poner todo en orden y, por supuesto, disfrutar luego del fruto de su trabajo.


···


Esa misma tarde, en la oficina, Delia está estableciendo contacto con algunas empresas de catering para elegir entre las mejores, la que más se adecuara a sus necesidades. De reojo mira a Valerio, que está pendiente de la pantalla de su ordenador. Por un momento, sus miradas se encuentran, pero no dura más de unos segundos. Delia sonríe, pero él ya no la está mirando.

Siente tanta culpabilidad.

Después de realizar otras cuatro llamadas, arrastra la silla para levantarse y va hasta la mesa de su compañero. Pero se detiene antes de llegar, por lo que tiene que pensar rápido qué hacer. Seguir avanzando o volver a su mesa. Ser valiente o acobardarse. Afrontar las cosas o pasar del tema.

Al final decide acercarse con una excusa poco creíble.

―¿Me dejas la grapadora?

Valerio levanta la mirada y la clava sobre la de Delia. El cuerpo de la chica empieza a temblar como si fuera la primera vez que la mira de esa forma. No puede calmar sus nervios, salvo restregando sus manos y entrelazándolas.

―Veo la tuya desde aquí ―Es lo que responde él.

―Sí, pero no tiene grapas.

―Entonces ¿para qué quieres la grapadora?

La ha pillado. Ha encontrado la debilidad de su mentira y no tiene forma de defenderse. Así, se da media vuelta y vuelve a su mesa. Cuando vuelve a sentarse, se siente como una estúpida. Si no hubiera rechazado a Valerio, quizá en ese momento no estaría pasándolo tan mal. «Pero no funcionará a menos que yo cambie mi forma de pensar sobre todo». Intenta convencerse a sí misma, una y otra vez, de que Valerio se alejará de ella si descubre cómo es realmente. Y eso no lo puede permitir, aunque con eso solo consiga que las cosas no vuelvan a ser como eran.


···


Valerio la ve marcharse sin levantar mucho sus ojos del monitor. No ha sido tan amable como siempre y lo sabe.

―Te sintió mal lo de anoche ¿verdad?

Al reconocer la voz de Laura dirige una mirada hacia ella.

―¿Por qué lo dices?

―Porque no la has tratado demasiado bien antes.

―Vino a pedirme la grapadora, pero al parecer no tenía grapas la suya. No sé, no entendí bien su acercamiento ―replica él.

―Ay, Valerio, Delia solo quería arreglar las cosas tras su desplante de anoche. Creo que ella no se sintió bien al salir corriendo.

Aunque Laura no lo sabe por parte de Delia, sino que ella misma lo ha supuesto. Por lo poco que la conoce, intuye que algo no anda bien.

―No consideré oportuno tratarla como siempre ―comenta él después de un momento de silencio.

―Tú sabrás lo que haces.

Laura se despide con la mano y vuelve a su mesa frente al despacho de uno de los jefes, dejando a Valerio con la duda de si ha actuado bien o no.


···


Tras dejar la oficina de la directora del catering, que se encuentra cerca de su propia casa, Delia parece mucho más tranquila. Decide no volver a la oficina para no enfrentarse a la indiferencia de Valerio, es lo último que quiere.

Cuando llega a su hogar y cierra la puerta, se apoya en ella con pesadez y desliza su cuerpo con lentitud hacia el suelo. Se siente mal aún, no puede evitarlo, sobre todo cuando recuerda su intento absurdo de que volviera a dirigirle la palabra.

Lo que no sabe es que él se siente peor por haberla tratado así.

Por eso ella se sorprende al notar la vibración y al ver su nombre en la pantalla cuando coge su móvil.
Por eso no es capaz de articular palabra cuando descuelga.

―¿Delia? ¿Estás ahí?

Cuando por fin siente que las fuerzas vuelven a ella, le sale un hilo de voz.

―Sí.

―Solo quería disculparme por cómo te traté antes. Lo siento…

―No tienes por qué disculparme, mi excusa para acercarme fue pésima, lo reconozco ―dijo ella.

Su afirmación provocó que Valerio soltara una carcajada al otro lado del teléfono.

―Por eso me gus… ―De repente, cambia el rumbo de la conversación. No quiere incomodarla― Bueno, espero que no estuvieras triste por eso…

―No, tranquilo.

―¿Y por qué no has vuelto a la oficina? ―inquiere.

―Estoy cansada y, tras haber hecho las gestiones convenientes del día de hoy, decidí darme un respiro. ¿Pasa algo? ¿Alguien requería mi presencia por allí?

«Solo yo» le hubiera gustado responder. Pero en lugar de eso, dice:

―No, no. No te preocupes, nadie te ha necesitado por aquí en tu ausencia.

Le duele profundamente pronunciar aquellas palabras, pero se prometió a sí mismo que no volvería a hablar de sus sentimientos ante Delia. Y ella siente que algo no va bien, pues sus palabras le dicen una cosa, mientras que el tono mal fingido de despreocupación de su compañero le dice otra.

No sabe por qué lado de la moneda mirar.

―Tengo que volver al trabajo, Delia. Nos vemos.

―Hasta luego ―Se despide ella.

Cuando pulsa el botón de colgar, siente mucha más confusión que antes. Valerio es un enigma que consiguió descifrar en su cena con él, pero ahora parece mucho más misterioso. No sabe cómo reaccionar. Solo sabe que quiere cambiar por él antes de que todos sus sentidos acaben por revelarle, sin necesidad de palabras, todo lo que realmente siente por él.

Y siente muchísimo más de lo que ella misma cree.


···


Es sábado por la mañana y se encuentra en su casa, tumbada en el sofá bajo la atenta mirada de Tamara, que permanece sentada en un sillón. Ha comenzado la pequeña terapia, el cambio que Delia quiere realizar en sí misma.

―Cuéntame por qué eres así.

Parece una orden y, aunque al principio a Delia le cuesta meterse en su papel de paciente, consigue iniciar su narración.

―Supongo que es porque aún no he tenido ese momento en el que las personas maduran. A pesar de mi edad, siempre me he considerado pequeña. Una adolescente aún, si lo prefieres. Fue mi etapa más rebelde y mis padres no consiguieron ajustarme el cinturón en condiciones. Los llevé por el sendero de la locura hasta que murieron. Justo tenía dieciocho años y tuve que independizarme, vivir y ocuparme sola de mis estudios.

»Parecerá una locura, pero eso no me hizo madurar en absoluto. Me sentí liberada del peso que creía que eran mis padres para mí y, por eso, cometí muchas más locuras. Al menos, hasta que mi abuelo apareció en escena. Tras haber llorado la muerte de su hija, decidió ocuparse de mí e intentar enderezarme, pero no logró gran cosa. Cada día parecía ponérselo más difícil y, por eso, decidió dejarme volar en libertad. Otra vez.

»Después de sacarme la carrera tomé la decisión de aparentar para poder conseguir un trabajo, pues la experiencia de todos los que había tenido hasta ese entonces me decía que tenía que madurar para llegar lejos. Ser la mujer que aún no era capaz de ver en mí. Conseguí lavar mi imagen con las prácticas de empresa y, por eso, decidieron contratarme en Náveda S. L. Fue lo mejor que me pasó, pero ni cuando conocí a Pablo ―Nota un nudo en su garganta al pronunciar ese nombre― fui capaz de cambiar. ¿Sabes? Creo que fue por eso que dejó de intentarlo conmigo y se buscó a otra mucho mejor que yo…

―Ni se te ocurra volver a decir eso, Delia ―la recrimina Tamara―. Raquel es la peor basura que hemos podido echarnos a la cara. Recuérdalo siempre.

Delia asiente. Su mejor amiga la observa en silencio durante un rato. No ha apuntado nada en la libreta que sujeta entre sus manos. Conoce la historia perfectamente, ella estuvo con Delia mientras se quedaba estancada en su inmadurez, mientras que ella misma experimentaba la madurez que la morena busca con aquellas sesiones de terapia.

Aunque el lugar había sido improvisado, pues Tamara no quiso acceder a atenderla en su local. Por eso ahora están en el salón de Delia, un lugar muchísimo más acogedor según la psicóloga. Para ella, Delia no era una paciente más.

El resto de la sesión transcurre tranquilamente hasta que, de nuevo, se vuelve a tocar el tema tabú entre ellas. Pablo.

―Se me ha ocurrido algo para que él deje de colarse inesperadamente en tu cabeza. ¿Conservas algo suyo? ―Delia parece pensativa ante las palabras de su mejor amiga, ahora psicóloga. Tras un rato, asiente― Bien, es lo que necesitaba saber. Coge todo lo que te quede de él y te espero en la cocina.

Mientras la morena busca por todos los rincones de la casa los objetos que puedan recordarle a él, Tamara busca un cuenco apto para hacer fuego dentro y un mechero, o en su defecto unas cerillas. Cuando todo es reunido, Delia sabe qué quiere hacer Tamara. Quemarlo todo.

―Esos pendientes también. No debes tener nada que te recuerde lo más mínimo su traición. Ya tienes tu maravillosa mente para recordar los buenos momentos, aunque tampoco eso debería prevalecer en tu memoria…

Delia se quita también los pendientes, a regañadientes, y los arroja al cuenco.

Y empieza el ritual. Un ritual que llevan muchos años realizando cada vez que quieren pasar página o descubren alguna traición seria entre sus amistades.

―A partir de ahora ―recitan ambas―, nada de lo pasado volverá y solo miraremos al presente y al futuro con una sonrisa arrebatadora. Y si el pasado llama a nuestra puerta, le daremos una merecida patada, pero si vuelve a insistir, que nada nos haga sufrir más de lo que ya hemos sufrido.

Delia enciende una cerilla y la tira sobre la pila de cosas que le recuerdan a Pablo. Todo empieza a arder de inmediato, consumiendo con relativa rapidez todo lo que construyó en dos años con él.

No puede evitar sentirse libre. Completamente libre.

4 comentarios:

  1. Me atrapó, muy descriptivo y cautivante, Linda!
    No sabía que tenias blog, siempre te leia por google +, pero ya me quedo aqui para trataer de seguir el hilo de todas tus historias. Yo he regresado para quedarme, renovada xD

    Un beso grande! ♥

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  2. ¡Hola, Tana! Me alegra mucho que te guste (semana que viene, nuevo capítulo ^^), que hayas decidido quedarte y que me leyeras por Google+. También que hayas regresado para quedarte, la verdad. ¡Gracias! Espero verte seguido por aquí *O*

    Saludos.

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  3. ¡Holaaaaa! Lo empecé a leer el otro día y con las prisas no pude acabarlo ni comentar. Menos mal que he vuelto porque me ha gustado mucho ese final con Tamara :D

    Te seguiré leyendo, un besote ^^

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    Respuestas
    1. ¡Hola, Tahis! No te preocupes, más vale tarde que nunca ¿no? A mí también me ha gustado, es mi escena favorita de todo el capítulo jaja.

      Gracias. ¡Saludos!

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